Él es negro como mi marido, y encajaría bien en la familia. Como toda madre, ansío que nuestra hija se despose y, por lo que la niña me cuenta, sé que él sería un buen marido. Por desgracia, no necesito que nadie me cuente cuánto es él de buen amante.

            Cuando la niña me enseñaba fotos de su novio, me parecía hasta cómico el parecido. Pero el primer día que lo trajo a casa, de la impresión casi desfallezco. Han pasado tantísimos años, y él sigue igual de guapo, incluso más atractivo. Debí confesar en aquel momento, pero sigo siendo una cobarde.

            Ahora sólo queda esperar que el daño que he causado desaparezca conmigo. Y que el tiempo calme, lo que continuar no puede. Debí haberme fugado con él, cuando supe que era el padre de mi hija.