Fue una niña demasiado madura para su edad, una chiquilla con mirada de señora. No pienses que debido a un trauma, tampoco fruto de una infancia difícil. Simplemente, ella era así.

Su velocidad de aprendizaje triplicaba la normal y su carácter hiperactivo le hacía vivir cada día intensamente, experiencia tras experiencia. Estaba ansiosa, y era ansiosa. Ávida y voraz. Insaciable.

Vonda Yvette, Voy, como la llamábamos todos, despertó el día en que cumplía su mayoría de edad, se pintó los labios y salió a la calle con el vestido de gasa color crema que le había yo regalado la noche anterior.

Trabajaba yo por aquel entonces de camarero, algo temporal mientras finalizaba los estudios. Al terminarlos, se convertiría en algo fijo. La filosofía no ha tenido nunca mucha salida.

Voy traspasó el umbral de la puerta del bar. Tez morena, cabello rojizo y rizo tumultuoso. Y en ese momento, contemplando su sonrisa sincera, supe que jamás podría retenerla. Entonces fui feliz, al comprender que lo efímero del momento que vivíamos, era también lo que lo hacía tan grande.