La ejecución siempre es de madrugada. Por la mañana no apetece lo de ponerse a matar, se te queda mal cuerpo el resto del día. Así que lo hacemos tal cual: se mata y mañana será otro día, directos a la cama. Para los asistentes es más incómodo, pero por suerte el reglamento es sensible con nuestro gremio. Al fin y al cabo, no hay trabajo más duro.

Rara vez logro dormir esa primera noche, ni varias de las siguientes. Por suerte, me acaba venciendo el cansancio, y por fortuna también, soy asiduo usuario de un par de vicios que me hacen más llevadera esta carga mía.

La mirada del hombre cuyo retrato veo hoy en el periódico, la recuerdo bien. Era mirada de inocente, he aprendido a distinguirlas. Pero de la suposición a la constatación plena que dan las nuevas pruebas del caso, hay un mundo de culpa. Yo no lo haré más, no se puede vivir con tanta pena.