– La sencillez es la clave.
– ¡No puedo más! en el hastío me tienes con tus frases hechas y tus lugares comunes.
– ¿A qué viene eso, Marieta? Siempre creí que apreciabas mis consejos.
– Desearía, por una vez, sentir que hablo contigo… en lugar de con ese tratado de filosofías y refranes que has ido recolectando con los años.
– Escucho tus palabras, pero no llego a tus pensamientos; te veo enojada y se que no puede ser por mi, cuéntame qué ocurre.
– ¿Pero tu te oyes a ti mismo? ¿qué clase de evasiva es esta?
– Consejo de quien bien te quiere, escríbelo, aunque no lo apruebes.
– Déjalo, me voy.
– Sólo huimos de aquello que tememos, quédate y dime tu qué temes.
– Joaquín, nos conocemos hace demasiado tiempo, el momento para los formalismos ya pasó… y necesito que dejes de tratarme como si fuese una alumna de tus clases de superación personal, que olvides todo tu vocabulario habitual, tu sabiduría aprendida y me hables con la sinceridad con que un amigo habla a una amiga.

Entonces se hizo un silencio que duró un mundo y Joaquín, que había escuchado cabizbajo las últimas palabras de su amiga, levantó la vista.

– Marieta, te amo.

Y se fundieron en un cálido beso.