En un paraíso sin fronteras y en una hermosa melodía infinita. Así, en estado de profundo éxtasis, me dejó aquel polvazo. Por Dios Santo, ¡qué instrumento!

El suave impacto de aquellas enormes bolas contra la piel de mis nalgas, el roce de su escroto meciéndose en ellas, cual marea escalando imparable una costa escarpada.

Y la gloriosa penetración. Tensa y firmemente abriendo, sin prisa, camino entre mis piernas. Mis labios desbordados ante aquel imponente falo. Mis gritos, incontenibles. Su pasión, dulce y abrasiva.

Cuando aquel emperador del sexo hubo acabado conmigo, caí en un largo y tenue sueño. Y al despertar, supe que estaba embarazada.