Madrugada cerrada, de domingo a lunes. Duermo, probablemente ronco, en la tranquilidad de mi alcoba. Suena el interfono, si lo oigo es que no dormía tanto, para mi sueño profundo no hay interfonos que valgan. Será un borracho dominguero -¡priiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiit! – suena de nuevo. Eso no es un timbrar beodo, suena muy seguro de sí mismo. Total, que me levanto y atiendo.
– Policía Nacional ¿es usted el propietario del vehículo tal y cual?
– Si.
– ¿Puede bajar con las llaves? Hemos recibido un aviso de que estaba abierto.
¡Cagonsanpitopato! Mi elegante pijama y yo nos bajamos a la calle a ver capasao, y me encuentro junto al buga a una amable pareja de nacionales, acompañados de un chaval con pinta de fumao al que los polis trataban con menos respeto del que encuentro que se merecía.

Total, que el chaval había visto los seguros del coche abiertos, había avisado a la Nacional y se había tirado tres cuartos de hora allí mientras le tomaban declaración y me localizaban; así que lo menos que podía hacer yo era gratificarle con los 5 euros que tenia en el coche y que nadie se había llevado. Dinero que el tipo acogió con una gran sonrisa, antes de desaparecer de mi vista entrando en el salón de traga-perras de al lado.