viernes, 17:22, llego al mostrador de iberia:
– el vuelo de las 18:00 está cerrado – informa la señorita del mostrador

– yo corro mucho, llego al embarque en 5 minutos – sonrío, tratando de ablandarla. No surte efecto, ella no sonríe, no siente simpatía por los tardones y no la culpo. Debe de ser por su novio, que le llega siempre tarde.

– imposible, caballero – marcando las distancias – cerramos el vuelo 45 minutos antes.

me cuenta que me pueden poner en lista de espera en uno de los próximos vuelos y comprueba la disponibilidad de plazas: overbooking de 5 personas en el de las 19:30, más o menos igual en el de las 22:45. Mal te veo, empanao.

– ¿y no existe ninguna posibilidad de coger el de las seis? – insisto
Teclea en el ordenador y se va a hablar con una superiora, quien sacude la cabeza negando de forma exagerada. Imagino, mientras contemplo la escena desde mi posición, que es todo una pose para convencer a los pasajeros cansinos y que, en realidad, están hablando de sus cosas.

Decido probar suerte en el de las 19:30, cojo mi tarjeta de embarque en lista de espera y salgo de la terminal a templar los nervios mientras fumo un cigarro antes de subir a la puerta de embarque. La lista de espera funciona así: si cuando ha embarcado todo el pasaje ha fallado alguien y queda algún hueco, entras; sino, te vuelves. En este caso quedaron al final una plaza y dos personas: una amable señora que tenía asiento asegurado en el siguiente vuelo, pero que trataba de adelantar el viaje y yo, un caballero visto en la obligación de ceder el puesto a la señora.

Por suerte, el destino decidió intervenir. – entran los dos – el copiloto del avión se había acercado al trote hasta la puerta de embarque – le hacemos sitio en la cabina a un tripulante que viaja con nosotros.

Agradecimientos y expresiones de júbilo entre la señora, la señorita, el copiloto y un servidor, quien al final viajó, por supuesto, en el vuelo de las 18:00. ¿A que mola? Impossible is nothing.